Artículo publicado el 17 de octubre de 2014 en periódico Perfil: Conceptos desarrollistas en el centenario de Frigerio

 

En pocos días, el 2 de noviembre, se cumplirá un siglo del nacimiento de Rogelio Julio Frigerio, el padre del desarrollismo argentino, la teoría puesta a prueba en el Gobierno del Presidente Arturo Frondizi entre 1958 y 1962.

Esos años han quedado en nuestra historia como los años de la fuerte industrialización de base, el autoabastecimiento petrolero, el ingreso transformador de un flujo masivo de inversión externa directa, el establecimiento de las industrias siderúrgica, petroquímica y automotriz, la expansión inédita de las infraestructuras de transporte y comunicaciones. También fue un intento de apertura de Argentina al mundo y de pacificar el país post-peronista surcado por fuertes tensiones, integrando a empresarios y trabajadores en una política de interés común.

Frigerio fue una rara avis. Exitoso empresario y economista autodidacta que, a partir de mediados de los ’50, lideró, desde el semanario Qué, un heterogéneo grupo de intelectuales provenientes de las más diversas tendencias ideológicas que dio lugar a la formulación desarrollista. Su visión original contenía coincidencias, matices y discrepancias con los distintos planteamientos de la época acerca de cómo alcanzar el desarrollo. Pero lo que realmente diferenció a Frigerio del resto de los teóricos del desarrollo fue su exitosa puesta en práctica.

 “El Tapir”, como lo llamaban sus amigos, fue un protagonista central de los debates de política económica argentina durante cuarenta años, parte de los cuales presidió, junto a Frondizi, el MID (Movimiento de Integración y Desarrollo). Más allá de lo coyuntural, sus ideas fuerza tienen plena validez en la discusión económica actual en Argentina y la región:

  • El desafío de los países de América Latina es cambiar la estructura productiva. No se trata de modernizar la vieja estructura, reduciéndose a incorporar nueva tecnología a las mismas actividades, sino desarrollar la economía a partir de la industrialización y la integración de toda la geografía. Argentina no debe conformarse con el destino manifiesto de ser el “granero del mundo”, sino poner en marcha un programa que movilice todas las riquezas que el país tiene a lo largo de toda su geografía.
  • Las dinámicas productivas internas son lo relevante, las exportaciones serán una consecuencia de estas y de un mercado interno fortalecido. Los enclaves exportadores, dentro de una estructura productiva desintegrada económica y territorialmente, que no generan derrames sobre el resto de las actividades no impulsan el desarrollo. Los países de América Latina deben dejar de ser estructuras exportadoras de insumos para los países desarrollados y desenvolver su propio potencial industrial.
  • El desarrollo económico no es un proceso espontáneo y libre, como creen los liberales, sino el producto de la acción deliberada de políticas públicas (fiscales, crediticias, de comercio exterior, etc.) que exige de ritmo y prioridades. Dada la escasez de divisas y la condición de subdesarrollado, se debe priorizar la obtención de recursos y su canalización hacia actividades determinadas en función de su efecto multiplicador en el sentido de ofrecer posibilidades de generar actividades secundarias que expandan y diversifiquen el mercado, la velocidad de maduración y el impacto sobre el balance de pagos (divisas).
  • Los países desarrollados producen a costos más económicos sus bienes y servicios no solo porque son hechos en masa por grandes corporaciones que introducen las más modernas tecnologías sino también por “la abundancia y calidad de los factores externos a la empresa (infraestructura energética, transporte, mecanismos financieros y comerciales) que caracterizan a las grandes naciones industriales”. Es decir, la competitividad es un fenómeno sistémico, por eso es crítica la inversión en infraestructura y, también, las condiciones de entorno que generan las políticas públicas.
  • La inversión en bienes de capital, máquinas y herramientas, el capital reproductivo, es la clave del desarrollo económico, más aún en el mundo de la revolución de las telecomunicaciones, porque permite aumentar la productividad. Los países subdesarrollados necesitan invertir ingentes cantidades de capital por lo que el concurso del capital extranjero es indispensable, pero no sólo como complemento al insuficiente ahorro interno sino también por lo que implica en términos de tecnología y know how y el aporte en divisas. Hay que generar condiciones para recrear el proceso inversor y, en particular, la atracción de IED en sectores claves.
  • Ni las políticas liberales ni las populistas son opciones válidas para alcanzar el desarrollo porque ambas formulaciones en su acción política parecen contrariar las leyes objetivas que rigen el funcionamiento de la economía. Además, ambas ideologías desconocen las enseñanzas que deja la historia económica, construyendo teorías en un vacío ahistórico.
    • Así, cuando los populistas intentan establecer tarifas políticas y controles de precios y salarios, desconocen las leyes de formación de precios y salarios de la economía, que tiene relación con los costos y la ganancia empresarial, en un caso, y los medios necesarios para la subsistencia, en el otro. Esas políticas solo engendran inflación reprimida y obturan el proceso de inversión.
    • Los liberales al demonizar el rol que el Estado juega en la economía ignoran que la participación de este ha sido generalmente decisiva para lanzar los procesos de desarrollo que hoy constituyen realidades maduras, como lo muestra la relación entre la investigación tecnológica y científica y la industria. Las grandes innovaciones han surgido de la asociación de las corporaciones con proyectos estatales de investigación o la promoción de aquellas de acciones conjuntas con universidades, fundaciones y laboratorios del sector público. Ejemplos históricos son la relación del Silicon Valley con el Pentágono o el apoyo estatal del MITI en Japón a las grandes corporaciones.
    • La ideología estatista-populista que determina que el Estado, en tanto estructura burocrático-administrativa, pretenda llevar adelante de forma directa la producción de bienes y de servicios, atenta contra la efectiva provisión eficiente de estos (energía, infraestructura, insumos básicos, etc.). La alternativa válida es la alianza entre sector público y sector privado, distinguiendo el rol entre quien debe dirigir, orientar y estimular y quien debe llevar a la práctica lo que se propone como necesario para lograr el desarrollo.

Escribió Frigerio en 1984 algo que podría haber sido escrito para la Argentina de hoy, 30 años después: “La arbitrariedad en la distribución del ingreso, el estatismo y los controles de precios; el manejo artificial del tipo de cambio, unido a la promoción de algunos renglones de las exportaciones fabriles, sin la modificación de las condiciones productivas estructurales; todos mecanismos a los que son afectas las administraciones populistas, no favorecen la formación de capital sino que conforman un vallado contra la inversión, con frecuencia insuperable”.

Hay que releer a Rogelio Frigerio. Porque intentó una formulación superadora de la antinomia liberal-populista que permitiera lograr el desarrollo y la integración nacional, un vacío que aún necesitamos llenar los argentinos.

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